Inteligencia EmocionalInteligencia Emocional
El Poder De La Mente
                                                             
Inteligencia Emocional, 3




Para alcanzar cualquier meta, individual o colectiva, lo primero que se requiere es la más indoblegable convicción de que la meta prevista puede ser alcanzada. Es posible que, aun cumpliendo este requisito, la meta, sin embargo, no pueda lograrse. Pero, con toda seguridad, sin cumplirlo jamás será lograda.
Si me creo capaz de atravesar un río, muy posiblemente pueda atravesarlo; si no me creo capaz, muy posiblemente estoy equivocado
.
En este sentido, la tarea fundamental de la educación es la de inducir posibilidades. Todo hombre normal puede aprender cualquier cosa, prácticamente a cualquier edad, si se le presenta en un lenguaje adecuado.

Todo hombre normal puede alcanzar cualquier meta que cualquier otro hombre normal haya alcanzado.

Y la gran mayoría de los hombres somos normales.

Nos creemos incapaces de hacer muchas cosas. Pero no lo somos.

Ese tipo de creencias proviene generalmente de una deformación adquirida durante los primeros años de edad, cuando hay que iniciar al niño, con la palabra y con el ejemplo, en la idea de que todo hombre es capaz de desarrollar cualquier facultad, si se lo propone realmente, con el esfuerzo y la constancia necesaria.

A lo largo de todo el proceso educativo, hay que exigir.

Racionalmente, pero hay que exigir.

Cuanto más, mejor.

Para que las gentes den de sí todo lo que puedan, hay que pedirles más de lo que pueden.

Y a veces aun este "más" lo alcanzan.

"Es muy inteligente; por eso, cuando era niño, podían exigirle tanto".

¿Y no podría ser al revés?

"Es muy inteligente; por eso le gustan las matemáticas".

¿Y no podría ser al revés?

"Es muy inteligente; por eso se puede pedir de él más que de otros".

¿Y no podría ser al revés?

"Es muy inteligente; por eso le enseñaron a leer y escribir desde muy pequeño". ¿Y no podría ser al revés?

"Es muy inteligente; por eso se puede interesar al mismo tiempo por varias cosas". ¿Y no podría ser al revés?

La inteligencia, fundamentalmente, es resultado de la educación.

Y, por eso, la educación del mañana será de la competencia de los padres y maestros y también de sicólogos y neurólogos y bioquímicos y pensadores.

Ni la raza,

Ni la herencia,

Ni el sexo,

Ni la edad,

Determinan la capacidad intelectual de un ser humano. Dentro de ese conjunto muy mal avenido de refranes, adagios, locuciones y frases que se van repitiendo en diversas lenguas, generación tras generación, como si se tratara de dogmas de fe, pocos tan carentes de toda verdad como el siguiente "Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo hace".

Falso, totalmente falso.

Si esa afirmación fuera cierta toda educación sería inútil.

Ningún niño trae del claustro materno, no digo un título universitario, ni siquiera los conocimientos más elementales aun para poder subsistir.

La naturaleza sola da muy poco.

Es "Salamanca" la que completa, realiza y perfecciona.

En el mismo orden, solamente podría encontrarse una frase más dañina que esta ala que nos hemos referido: "Con eso se nace, eso no se hace"

Prácticamente se nace con nada. Prácticamente todo se hace.

En contra de hipótesis formuladas hace años por algunos sicólogos y genetistas, en las que se preveía un descenso sostenido del Cociente Intelectual de la humanidad, en varios países de muy diverso grado de desarrollo se ha podido constatar un aumento general de dicho Cociente a lo largo de los últimos decenios.

Hoy somos más inteligentes.

¿A qué se debe este fenómeno?

Es lícito pensar en una reacción positiva de adaptación y aprovechamiento de la mente humana ante un medio ambiente en el que creen los estímulos intelectuales. Así como, debido a los avances científicos y a la notable mejora del tipo de alimentación y de la higiene, la raza humana tiene hoy una talla más alta y el promedio de vida ha crecido de una manera considerable, asimismo el proceso de urbanización, el desarrollo de los medios de comunicación y de transporte, el aumento de la escolaridad            le han permitido a la humanidad ejercitar, cultivar y mejorar su inteligencia.

Por de pronto, guardemos esta afirmación: la inteligencia puede mejorar. Y, si puede mejorar, tenemos que hacer que mejore al máximo posible.

Si ante mayores estímulos no dirigidos especialmente a este fin, de una manera que podemos llamar espontánea, ya ha mejorado, ¡qué no podría lograrse con un sistema dirigido consciente y sostenidamente con ese propósito?

Un hombre que, con constancia, ejercite su inteligencia como inteligencia, con el fin deliberado y concreto de llegar a ser más inteligente, tendrá más posibilidades de lograrlo que otro en igualdad de condiciones, que por una u otra causa no haga lo mismo.

Cada quien puede y debe utilizar su inteligencia, cada vez más racionalmente, cualquiera que sea el grado en que la posea.

La misma habilidad mental que despliegue algunos para resolver crucigramas o lucirse en juegos de mesa, aplicada con constancia a otros usos podría ofrecer resultados tales que esas personas serían calificadas dentro del grupo de los poseedores de una inteligencia excepcional.

¿Y es que acaso no la poseían aun antes?

¿Y cómo la adquirieron?

A través de la práctica de una actividad mental determinada.

Se trata, por lo general, de personas comunes y corrientes, como lo constata la experiencia, que desarrollaron su inteligencia en un campo restringido.

Pero la desarrollaron.